Existe una gran presión sobre los recursos hídricos a nivel mundial. Según la UNESCO (2003) el 69% del agua dulce disponible en el planeta se destina a la agricultura, representa el 23% a la industria y el 8% al consumo doméstico. Diversos aspectos como la mala distribución temporal y espacial o la degradación determinan la actual situación que se resume en un gran desequilibrio entre la oferta existente y la creciente demanda de agua. En países en desarrollo como el nuestro, enfrentaremos una mayor competencia por el acceso al agua en las próximas décadas, debido al crecimiento demográfico, nuevos hábitos de vida y el desarrollo urbano e industrial sin una adecuada planificación. Es decir que se prevé un aumento en la demanda hacia las limitadas fuentes de agua. Así, la búsqueda de fuentes alternativas de agua, sobre todo para la agricultura, sector que demanda un mayor porcentaje, resulta de gran importancia.

Por otra parte, la disposición final de las aguas residuales producidas por las diferentes actividades humanas (principalmente usos domésticos e industriales) representa un problema cuya magnitud está en constante incremento y que se ve agravado cuando se trata de grandes urbes. Encarar este problema plantea un dilema crucial, ya que por un lado, el agua residual se constituye en una fuente alternativa importante para el riego de los cultivos, pero por otro lado, su uso para este fin, sin un adecuado tratamiento, puede constituirse a su vez en un problema mayor, por todos los riesgos que esto supone. En efecto, se han registrado a nivel mundial, muchos casos de brotes de enfermedades, casos de intoxicaciones masivas y se ha propiciado la degradación de diversos cuerpos de agua.

Según la UNESCO (2003) el uso que se hace del agua va en aumento en relación con la cantidad disponible. Los seis mil millones de habitantes del planeta ya se han adueñado del 54% del agua dulce disponible en ríos, lagos y acuíferos subterráneos. En el 2025, el hombre consumirá el 70% del agua disponible. Esta estimación se ha realizado considerando únicamente el crecimiento demográfico. Sin embargo, si el consumo de recursos hídricos per cápita sigue creciendo al ritmo actual, dentro de 25 años el hombre podría llegar a utilizar más del 90% del agua dulce disponible, dejando sólo un 10% para el resto de especies que pueblan el planeta. En Bolivia el sector agrícola utiliza aún más agua (85%), la industria todavía es incipiente (5%) y el agua potable alcanza al 10%. Por otro lado, sólo un 40% del agua residual producida es tratada, a veces de forma insufi ciente y el 60% restante no recibe ningún tipo de tratamiento (La Razón, 2009). En ambos casos, se vierten a cuerpos naturales o se utilizan indiscriminadamente para el riego, violando los parámetros de referencia estipulados en las normativas ambientales locales (Delgadillo et al., 2008). En el cuadro 1 se muestran algunas características del destino de las aguas residuales producidas en las ciudades capitales del país.

La forma inadecuada cómo se está gestionando y utilizando una gran parte del agua residual hace que esta fuente de agua para riego también se constituya en fuente potencial de varios problemas (salud, contaminación de suelos, aguas subterráneas, eutrofi zación de cuerpos de agua, etcétera). A pesar de que la gestión de aguas residuales requiere de urgente atención de las autoridades competentes, no es un tema que se atienda de forma prioritaria. Generalmente es abordado ante una fuerte presión o demanda, cuando existen molestias muy grandes de las personas afectadas. Como se ve, la problemática en torno al agua residual es sumamente compleja y se la puede abordar desde diferentes ángulos y con distintos enfoques. Debemos considerar el agua residual como una fuente potencial para reusarla en el riego de algunos cultivos, especialmente en las zonas áridas y semiáridas. La ausencia de tratamientos adecuados a nuestro medio constituye la principal condicionante para el reuso

La necesidad de depuración de aguas residuales por medio de humedales artificiales